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lunes, 18 de marzo de 2013

Al infortunado guitarrista gaditano 'Calanchón'

La Ilustracion Artistica 25 10 1897_Dibujo de Flamencos y ciegos.

El trágico suceso acaeció un lunes de diciembre de 1894, Calandrón o Calanchón, pues de las dos formas lo cita la prensa, guitarrista flamenco gaditano 'conocido' según la noticia (aunque carezco de datos de él) , se precipitó al vacío desde las murallas donde hoy se encuentra el barrio de Bahía Blanca, que es el que se localiza  justamente enfrente de los Astilleros.

El desgraciado guitarrista venía de 'juerga' de la Tienda de Victor, un emplazamiento en el extrarradio gaditano que gozó de muchísima popularidad en el siglo XIX.

Tienda de Victor

Es de suponer que hombre, que además era corto de vista, había bebido y tropezó haciéndose añicos, él y su preciado instrumento. Unos chiquillos que cazaban pájaros encontraron el cadáver y dieron parte a la autoridad judicial.
Murallas frente a la estación de ferrocarriles y Astilleros.

EL GUADALETE_07 12 1894







viernes, 19 de octubre de 2012

Las 'juergas' en los coches de caballos.



A diferencia de otras localidades, en Cádiz se dio la peculiar costumbre -desde finales del siglo XIX- de organizar fiestas flamencas en coches de caballos, en vez de meterse en los cuartos de las diferentes ventas o 'tiendas' flamencas con las que contó esta ciudad.

Hay que recordar que estos coches, han formado parte de nuestro paisaje urbano, muy posiblemente desde la época romana hasta hace relativamente poco tiempo, en la que su última ubicación (antiguo edificio del matadero) pasó a mejor vida, por mor de la construcción de viviendas de realojo, dejando sin establo a la yegua 'Teófila' y al caballo 'Román', nombres con la que un avispado y chistoso cochero bautizó a los dos equinos que tiraban del último coche existente, finiquitando así, una tradición trimilenaria' gaditana. 

1956_El popular  Cocherito Lerén

Cádiz contó con una importante flota de estos coches de caballos, los cuales eran habituales verlos por San Juan de Dios, Canalejas y sobre todo subiendo la Cuesta de las Calesas en dirección a las Puertas de Tierra. Uno de de los más famosos, fue el "Cocherito Lerén" donde los chiquillos le gritaban al cochero aquello de "caballo...... el cochero muerde" y este a su vez replicaba al niño, con malas pulgas aquello de, "y tu madre trabajaba en el cabaret del Pay-Pay".

En el libro de Ortiz Nuevo "Las mil y una historias de Pericón de Cádiz", Pericón nos contaba al respecto lo siguiente: 

"Allí en Cádiz había costumbre de que las fiestas se hicieran en los coches de caballos, y en vez de meterse en un cuarto a oír cantar, la mayoría de la gente lo que quería era alquilar un coche, coger a los artistas y empezar a dar vueltas por tó Cádiz pa que la gente viera que fulano de tal se había metido de fiesta y llevaba tres o cuatro artistas

.Y nosotros, los artistas, nos tirábamos toa la noche cantando de un sitio pa otro. Llégabamos a una tienda, a otra tienda, y como tó se queaba abierto, a toas las horas había vino. Paraba el coche en la puerta de la tienda tal, y allí mismo, sin bajarnos ni ná, el montañés nos traía el vino".

En esta ciudad existieron varias compañías de alquiler de coches, entre las que destaco las de Constantino Paredes en la Plaza de Candelaria, la de Diego Mateos y la del flamenco isleño, José López Domínguez "Niño de la Isla", ambas en la plaza de San Antonio.

Estas juergas de fardeo, ya se daban incluso antes de que naciera Pericón, como prueba este artículo que reproduzco a continuacion, firmado por Carlos Bonet, publicado el 24 de junio de 1901 en LA ILUSTRACION ARTISTICA (Nº 1017) titulado

PAGINAS GADITANAS
<<LA JUERGA>>

Ilustración de la Revista de Fernando Mota 

       "Cádiz es una población pequeña, rodeada por completo de agua; apenas una estrecha lengua de tierra da el espacio suficiente para que la carretera y la vía férrea pongan en comunicación aquella roca saliente del Mediodía de nuestra península con el resto del territorio patrio; sus calles son cortas y angosta, salvo excepciones contadísimas; sus plazas están en su mayoría convertidas en jardines; los paseos de la que pudiéramos llamar su ronda, en la mitad del perímetro urbano ostentan polvorines y cañones, y a pesar de todo ello, Cádiz es una población en la que el coche no cesa de funcionar.


La distancia más larga que ha de recorrer el habitante en el curso de sus ocupaciones diarias, no excederá seguramente de un kilómetro, y sin embargo, el gaditano es el hombre más aficionado al uso del carruaje; pero no como artículo de necesidad, sino como objeto de distracción.

1901 - Viñera

El hecho se explica tan sólo conociendo íntimamente el carácter de los incolas de aquella cautivadora región; la "viñera" hermosa que pasea las calles de barrio derrochando la sal a puñados, desprecia los brillantes, desprecia los trajes de seda, desprecia el obsequio más delicado; tiene más que suficiente con prender con su negra caballera una rosa encarnada y colgar sobre los hombros un magnífico "pañolón" con largos flecos; tiene más que suficiente con lucir su bien planchada falda de percal, que al levantarse atrevidilla ceñida a las caderas, deja ver un palmo de blanco encaje y unos pies diminutos que se aprisionan en el lindo zapato escotado; todo lo desprecia la hermosa "viñera" que por dondequiera que pasa recoge flores regadas por su sonrisa, pero no desprecia una invitación a pasear en coche: esa es su pasión, ese es su delirio.      



¡Pasear en coche y detenerse a la puerta de cada "tienda de montañés" para tomar una "cañita" de manzanilla o un "privelo" de Jerez! ¡Que gozo!

 

El regalo mayor que puede hacer el galán a su amante, el hermano a su hermana, el amigo a su amiga, es una hora de coche; regalo de inapreciable valor que tiene la fuerza intensa del talismán para arrancar una declaración favorable de la mujer querida.
 
La noche ha esparcido ya sus sombras misteriosas; la luz artificial substituye a la claridades del día; el arco voltaico y el mechero de gas despiden los rayos luminosos que no puede extender sobre la tierra el astro rey; salís a la calle y por delante de vosotros pasa veloz un coche con hombres y mujeres que cantan y palmotean al compás de los rasgueos de una guitarra; el coche se pierde de vista y sentís todavía en los oídos el ruido de la algaraza.


 Si continuáis andando, no tardareis en ver otro coche en iguales o parecidas circunstancias, y llegareis hasta a ver alguno en el que el cochero forma coro con los del interior del carruaje.

No creáis que estas gentes son malas personas: son familias o reuniones de amigos que "van de juerga", divirtiéndose, pasando un rato agradable; y recorren toda la población y pasan por las calles más céntricas parándose en una y otra tienda de bebidas para tomar una copa y proseguir el paseo. Empieza formal la fiesta, pero a medida que las "estaciones" se suceden, la animación aumenta y salen a relucir el "tango" coreado y las "malagueñas" acompañadas.

Al dar la vuelta a una esquina os encontrareis un coche parado a la puerta de una "tienda" y veinte o treinta personas en torno de él que escuchan extasiadas las "soleares" que canta alguna "artista" de mantón de Manila y pendientes de coral. Un "chicuco" permanece impertérrito a la portezuela del carruaje con una enorme bandeja en la mano, repleta de copas de vino; termina la canción, suenan los aplausos, vacíanse las copas, "se arranca" otra de las "artistas" por "peteneras", por ejemplo, y se repite la misma operación hasta que el coche echa a andar para irse a otro sitio a hacer lo propio.

La "juerga" empieza a las ocho de la noche (o a las veinte, que debemos decir ahora y que han de tardar mucho en decirlo los actores de la costumbre gaditana que vamos describiendo), y puede darse el caso de que a las ocho de la noche siguiente continúe el festival en todo su apogeo.

Muy posiblemente la 'Tienda de Victor'
Las primeras horas transcurren en bullanguero recorrido por las calles de la ciudad, y al acercarse la hora azul, el crepúsculo, en el que la lucha de la luz con las tinieblas se soluciona con la aparición del día, el carruaje traspasa la Puerta de Tierra y se dirige hacia la "tienda de Víctor" o hacia "La Posada", fincas pintorescas enclavadas en las afueras, coquetones restaurans que constituyen lo más selecto de los barrios de extramuros.

Allí, los expedicionarios, con su Orfeo flamenco, despreciando el vellocino, hacen honor al marisco y a otros manjares del país, congregándose en fraternal banquete matutino para hacer la salutación más espléndida a los albores de la mañana.

Después del banquete, que tiene mezcla de cena y de comida, en el patio cubierto por el emparrado exuberante de pámpanos o el cuarto o camarote interior, según la época del año, se organiza el baile, vibran las voces argentinas de las hembras y los "jipíos" roncos de los hombres, y cuando las gargantas se cansan o los bolsillos se exprimen, procédese al retorno hacia el hogar.

El coche vuelve por el mismo camino en sentido contrario, llevando rostros macilentos y cuerpos pesados que se inclinan por la fuerza del cansancio y se aletargan por la influencia del insomnio, y llega a la casa sin otro contratiempo.

Será muy posible que después de "una juerga" tenga la familia que ayunar una semana; será muy posible que en un par de días los cuerpos no se repongan del quebranto físico de "la juerga"; pero si los invitáis antes de las veinticuatro horas, a otro paseo en coche, no aguardéis que rehúsen: todo lo dan por muy bien empleado si al día siguiente tienen ocasión de decir a sus amigos: <<¡Cuánto me divertí ayer! Estuve de "juerga" con fulano y con mengana.>>

Si en la misma capital del reino viérase circular una "jardinera" o un "break" con una mujer en el pescante junto al cochero y otras en el interior del vehículo acompañadas de sus galanes y el tocador de guitarra, y cantando y palmoteando alegremente, el ciudadano más despreocupado se escandalizaría: en Cádiz esto es moneda corriente, y hasta, contra lo que pueden suponer los moralistas, es un signo evidente de prosperidad.

Mucho han decaído "las juergas" en la época actual, ganando quizás con esto la cultura pública; pero ya quisiera la gallarda ciudad gaditana desenvolverse ahora en el floreciente ambiente en que se desenvolvía la clásica costumbre de que nos ocupamos alcanzaba los esplendores de su período álgido."


 


domingo, 14 de octubre de 2012

Enrique “El Mellizo” y El Príncipe Enrique de Prusia. Juerga flamenca a bordo de un acorazado alemán en 1901


 EL PRINCIPE Y EL ARTISTA
(Publicado en “La Voz de Cádiz” el 29-09-2008- Antonio Barberán Reviriego.-)


Anécdotas de flamencos gaditanos ante la realeza, conocíamos algunas; la de Aurelio Sellé, cuando cantó en la fausta coronación de la Reina Isabel II de Inglaterra en junio de 1953;  la del  célebre flamenco Diego Antúnez,- abuelo del Piti-, que fue el oficioso proveedor de chistes del Rey Alfonso XIII, o inclusive la de Servando “Chiquito de Cádiz”, cuando en la inauguración del Centro Municipal Flamenco La Merced, “preso de  nervios”  llamó a su majestad la Reina, “Sofía…… Loren”.

            Pero quizás, el primer cantaor gaditano, que actuó para algún miembro de una Casa Real, fuera  Enrique Jiménez “El Mellizo”, el cual cantó el día 27 de julio de 1901, conjuntamente con un cuadro flamenco gaditano -aún desconocido-, para el Príncipe Enrique de Prusia, Almirante de la escuadra naval alemana en Oriente y  hermano menor del entonces Emperador Alemán Guillermo II de Alemania. 

La anécdota más que flamenca, que lo es y mucha, no deja de tener ciertos tintes de tragicomedia, y sí no observen lo publicado en el periódico madrileño “El Imparcial” del día 30 del día señalado, artículo firmado por “Peña” periodista gaditano corresponsal del noticiero citado, titulado “Juerga flamenca a bordo del barco almirante de la escuadra alemana.- Curiosas escenas.”, del cual iré insertando párrafos entrecomillados.



En dicho artículo nos cuenta que fondeado en la costa gaditana se encontraba una escuadra alemana de 3.200 hombres, comandada por el Príncipe Enrique de Prusia. De entre los barcos que componía la citada escuadra, el barco almirante era el acorazado, “Fried der Grosse”,  donde navegaba el Príncipe real prusiano.

“Respondiendo al deseo de los tripulantes de asistir a una fiesta típica andaluza, organizose una juerga flamenca que debía verificarse a bordo del buque almirante.”

PICARESCA PARA ENTRAR

Los periodistas de Cádiz, sabían  que era prácticamente imposible obtener permiso para cubrir la escena dentro del barco, “dada la rigidez de las prácticas de a bordo”. Pero el ingenio gaditano es mucho y D. Miguel Rey, redactor del “Heraldo de Cádiz” se hizo pasar por “flamenco” y acompañado por la comitiva, formada por tocaores, bailaores y cantaores “de lo más escogido y selecto”, llegaron en falúa de vapor, al Fried der Grosse, donde desembarcaron. Gracias a su ingenio, conocemos hoy la presente noticia.

 “- ¡Ole!- gritaban los `”cañís” desde la falúa que ocupaban, saludando al hermano del emperador de Alemania”.

Se colocaron en la toldilla de popa, la cual estaba iluminada por un potente foco eléctrico y dispuesta para el espectáculo, mientras la marinería alemana abarrotaba los entrepuentes del barco, expectantes por la actuación.

“Mezclábanse los ¡oles! de los flamencos con los ¡hoc, hoc! de los alemanes. Se bailó, se tocó y se cantó y se sirvió cerveza, que era bebida con gestos de cómico desagrado por los cañís, que hubieran preferido, sin duda, unos cuantos chatos de manzanilla clásica.”

En pleno apogeo festero, los pitos de los contramaestres, anunciaron la hora de la comida en el comedor de la oficialidad y “los flamencos fueron invitados con la fórmula:

-          Vamos a tomar té. Uno de ellos excusóse diciendo:
-          No estoy enfermo.”

Tiene “guasa” la cosa ………… gaditana por cierto.

“El  lunch espléndido al estilo alemán, con sus patatas cocidas, su carne fría en gelatina, su manteca de Flandes, la cerveza negra, el te y cognac exquisitos. Este licor fue el favorito de los cañís. Se descorcharon y consumieron no pocas botellas”

Los oficiales alemanes reían a mandíbula partida, ante las ocurrencias de los flamencos, mientras estas eran traducidas al alemán por el intérprete del barco, el cual debió pasar fatiguitas dobles para entenderse con los cabales. Hubo inclusive interpretación de un pasodoble español a piano por parte de un oficial alemán.

“Seguidamente un gitano, cogiendo una copa de cerveza, brindó por la <<Fraternía de España y de Alemania>>. Luego dijo al intérprete: <<Haga osté favó desirles a estos cabayeros mi brindis>>”

¡Ole! Viva el arte y  la diplomacia; por algo Lord Byron cuando llegó a esta Ciudad en 1809 le sorprendió sobremanera el ambiente cultural gaditano. Eran otros tiempos…… obviamente.
FIN DE FIESTA BRUSCO.

Pero a las ocho en punto, ni un segundo más, un oficial se acercó al cuadro flamenco y ordenó su conclusión, era la hora del descanso de la tripulación.

“El Mellizo" interrumpió la malagueña que estaba cantando, el tocador de guitarra dejó sus dedos en suspenso sobre el más artístico de sus rasgueos, dejaron de sonar las castañuelas y los ¡oles! y la tropa flamenca se despidió de sus amables huéspedes.”

El oficial alemán, no tuvo ni la delicadeza de esperar a que terminara la Malagueña el genio gaditano, aunque al “jefe de la comitiva” que seguramente sería Enrique El Mellizo se le hizo entrega de cien pesetas por la contratación y seguidamente se volvieron en falúa a Cádiz, y hete aquí lo que pasó:

“Tanta alegría tuvo un final trágico.”

BRONCA FINAL

“Los cantadores y tocadores procedieron a repartir las cien pesetas del regalo en una taberna gaditana, y hubo allí bronca terrible sobre a quien correspondían más o menos pesetas.

No fue necesario que interviniese la autoridad, pero faltó poco.

Verdaderamente no se habrá perdido el imperio alemán por la prodigalidad del regalo”. Afirmaba irónico el texto firmado por el reportero “Peña”.