viernes, 19 de octubre de 2012

Las 'juergas' en los coches de caballos.



A diferencia de otras localidades, en Cádiz se dio la peculiar costumbre -desde finales del siglo XIX- de organizar fiestas flamencas en coches de caballos, en vez de meterse en los cuartos de las diferentes ventas o 'tiendas' flamencas con las que contó esta ciudad.

Hay que recordar que estos coches, han formado parte de nuestro paisaje urbano, muy posiblemente desde la época romana hasta hace relativamente poco tiempo, en la que su última ubicación (antiguo edificio del matadero) pasó a mejor vida, por mor de la construcción de viviendas de realojo, dejando sin establo a la yegua 'Teófila' y al caballo 'Román', nombres con la que un avispado y chistoso cochero bautizó a los dos equinos que tiraban del último coche existente, finiquitando así, una tradición trimilenaria' gaditana. 

1956_El popular  Cocherito Lerén

Cádiz contó con una importante flota de estos coches de caballos, los cuales eran habituales verlos por San Juan de Dios, Canalejas y sobre todo subiendo la Cuesta de las Calesas en dirección a las Puertas de Tierra. Uno de de los más famosos, fue el "Cocherito Lerén" donde los chiquillos le gritaban al cochero aquello de "caballo...... el cochero muerde" y este a su vez replicaba al niño, con malas pulgas aquello de, "y tu madre trabajaba en el cabaret del Pay-Pay".

En el libro de Ortiz Nuevo "Las mil y una historias de Pericón de Cádiz", Pericón nos contaba al respecto lo siguiente: 

"Allí en Cádiz había costumbre de que las fiestas se hicieran en los coches de caballos, y en vez de meterse en un cuarto a oír cantar, la mayoría de la gente lo que quería era alquilar un coche, coger a los artistas y empezar a dar vueltas por tó Cádiz pa que la gente viera que fulano de tal se había metido de fiesta y llevaba tres o cuatro artistas

.Y nosotros, los artistas, nos tirábamos toa la noche cantando de un sitio pa otro. Llégabamos a una tienda, a otra tienda, y como tó se queaba abierto, a toas las horas había vino. Paraba el coche en la puerta de la tienda tal, y allí mismo, sin bajarnos ni ná, el montañés nos traía el vino".

En esta ciudad existieron varias compañías de alquiler de coches, entre las que destaco las de Constantino Paredes en la Plaza de Candelaria, la de Diego Mateos y la del flamenco isleño, José López Domínguez "Niño de la Isla", ambas en la plaza de San Antonio.

Estas juergas de fardeo, ya se daban incluso antes de que naciera Pericón, como prueba este artículo que reproduzco a continuacion, firmado por Carlos Bonet, publicado el 24 de junio de 1901 en LA ILUSTRACION ARTISTICA (Nº 1017) titulado

PAGINAS GADITANAS
<<LA JUERGA>>

Ilustración de la Revista de Fernando Mota 

       "Cádiz es una población pequeña, rodeada por completo de agua; apenas una estrecha lengua de tierra da el espacio suficiente para que la carretera y la vía férrea pongan en comunicación aquella roca saliente del Mediodía de nuestra península con el resto del territorio patrio; sus calles son cortas y angosta, salvo excepciones contadísimas; sus plazas están en su mayoría convertidas en jardines; los paseos de la que pudiéramos llamar su ronda, en la mitad del perímetro urbano ostentan polvorines y cañones, y a pesar de todo ello, Cádiz es una población en la que el coche no cesa de funcionar.


La distancia más larga que ha de recorrer el habitante en el curso de sus ocupaciones diarias, no excederá seguramente de un kilómetro, y sin embargo, el gaditano es el hombre más aficionado al uso del carruaje; pero no como artículo de necesidad, sino como objeto de distracción.

1901 - Viñera

El hecho se explica tan sólo conociendo íntimamente el carácter de los incolas de aquella cautivadora región; la "viñera" hermosa que pasea las calles de barrio derrochando la sal a puñados, desprecia los brillantes, desprecia los trajes de seda, desprecia el obsequio más delicado; tiene más que suficiente con prender con su negra caballera una rosa encarnada y colgar sobre los hombros un magnífico "pañolón" con largos flecos; tiene más que suficiente con lucir su bien planchada falda de percal, que al levantarse atrevidilla ceñida a las caderas, deja ver un palmo de blanco encaje y unos pies diminutos que se aprisionan en el lindo zapato escotado; todo lo desprecia la hermosa "viñera" que por dondequiera que pasa recoge flores regadas por su sonrisa, pero no desprecia una invitación a pasear en coche: esa es su pasión, ese es su delirio.      



¡Pasear en coche y detenerse a la puerta de cada "tienda de montañés" para tomar una "cañita" de manzanilla o un "privelo" de Jerez! ¡Que gozo!

 

El regalo mayor que puede hacer el galán a su amante, el hermano a su hermana, el amigo a su amiga, es una hora de coche; regalo de inapreciable valor que tiene la fuerza intensa del talismán para arrancar una declaración favorable de la mujer querida.
 
La noche ha esparcido ya sus sombras misteriosas; la luz artificial substituye a la claridades del día; el arco voltaico y el mechero de gas despiden los rayos luminosos que no puede extender sobre la tierra el astro rey; salís a la calle y por delante de vosotros pasa veloz un coche con hombres y mujeres que cantan y palmotean al compás de los rasgueos de una guitarra; el coche se pierde de vista y sentís todavía en los oídos el ruido de la algaraza.


 Si continuáis andando, no tardareis en ver otro coche en iguales o parecidas circunstancias, y llegareis hasta a ver alguno en el que el cochero forma coro con los del interior del carruaje.

No creáis que estas gentes son malas personas: son familias o reuniones de amigos que "van de juerga", divirtiéndose, pasando un rato agradable; y recorren toda la población y pasan por las calles más céntricas parándose en una y otra tienda de bebidas para tomar una copa y proseguir el paseo. Empieza formal la fiesta, pero a medida que las "estaciones" se suceden, la animación aumenta y salen a relucir el "tango" coreado y las "malagueñas" acompañadas.

Al dar la vuelta a una esquina os encontrareis un coche parado a la puerta de una "tienda" y veinte o treinta personas en torno de él que escuchan extasiadas las "soleares" que canta alguna "artista" de mantón de Manila y pendientes de coral. Un "chicuco" permanece impertérrito a la portezuela del carruaje con una enorme bandeja en la mano, repleta de copas de vino; termina la canción, suenan los aplausos, vacíanse las copas, "se arranca" otra de las "artistas" por "peteneras", por ejemplo, y se repite la misma operación hasta que el coche echa a andar para irse a otro sitio a hacer lo propio.

La "juerga" empieza a las ocho de la noche (o a las veinte, que debemos decir ahora y que han de tardar mucho en decirlo los actores de la costumbre gaditana que vamos describiendo), y puede darse el caso de que a las ocho de la noche siguiente continúe el festival en todo su apogeo.

Muy posiblemente la 'Tienda de Victor'
Las primeras horas transcurren en bullanguero recorrido por las calles de la ciudad, y al acercarse la hora azul, el crepúsculo, en el que la lucha de la luz con las tinieblas se soluciona con la aparición del día, el carruaje traspasa la Puerta de Tierra y se dirige hacia la "tienda de Víctor" o hacia "La Posada", fincas pintorescas enclavadas en las afueras, coquetones restaurans que constituyen lo más selecto de los barrios de extramuros.

Allí, los expedicionarios, con su Orfeo flamenco, despreciando el vellocino, hacen honor al marisco y a otros manjares del país, congregándose en fraternal banquete matutino para hacer la salutación más espléndida a los albores de la mañana.

Después del banquete, que tiene mezcla de cena y de comida, en el patio cubierto por el emparrado exuberante de pámpanos o el cuarto o camarote interior, según la época del año, se organiza el baile, vibran las voces argentinas de las hembras y los "jipíos" roncos de los hombres, y cuando las gargantas se cansan o los bolsillos se exprimen, procédese al retorno hacia el hogar.

El coche vuelve por el mismo camino en sentido contrario, llevando rostros macilentos y cuerpos pesados que se inclinan por la fuerza del cansancio y se aletargan por la influencia del insomnio, y llega a la casa sin otro contratiempo.

Será muy posible que después de "una juerga" tenga la familia que ayunar una semana; será muy posible que en un par de días los cuerpos no se repongan del quebranto físico de "la juerga"; pero si los invitáis antes de las veinticuatro horas, a otro paseo en coche, no aguardéis que rehúsen: todo lo dan por muy bien empleado si al día siguiente tienen ocasión de decir a sus amigos: <<¡Cuánto me divertí ayer! Estuve de "juerga" con fulano y con mengana.>>

Si en la misma capital del reino viérase circular una "jardinera" o un "break" con una mujer en el pescante junto al cochero y otras en el interior del vehículo acompañadas de sus galanes y el tocador de guitarra, y cantando y palmoteando alegremente, el ciudadano más despreocupado se escandalizaría: en Cádiz esto es moneda corriente, y hasta, contra lo que pueden suponer los moralistas, es un signo evidente de prosperidad.

Mucho han decaído "las juergas" en la época actual, ganando quizás con esto la cultura pública; pero ya quisiera la gallarda ciudad gaditana desenvolverse ahora en el floreciente ambiente en que se desenvolvía la clásica costumbre de que nos ocupamos alcanzaba los esplendores de su período álgido."